Lecturas primer semestre del 26: Adkins y cía, Lieven, Schweblin, Carrère Rendueles

Vamos con las reseñas.

Vivienda: la nueva división de clase. De Lisa Adkins, Melinda Cooper y Martijn Konings. Muy buen libro, con un muy interesante prólogo de Javier Gil. De hecho, en buena medida me lo llevé al ámbito laboral, de manera que nos ayudó a estructurar el análisis sobre vivienda que hicimos en nuestro ejercicio anual de tendencias sociales. Entre lo que aprendí del libro: entender en mayor medida la crisis de vivienda como un fenómeno global, la relevancia de los activos como herramienta de promoción social frente al factor trabajo, relacionar la crisis de vivienda con el impacto a largo del abandono de las políticas socialdemócratas en vivienda, a pensar una estructura de clase (y darle pesos en el caso español) sustentada en la relación con la vivienda&activos y a acercarme a Hyman Minsky. Vamos, que valió la pena. 

Rusia contra Napoleón. De Dominic Lieven. No comparto el entusiasmo que he visto en otras reseñas, que destacan particularmente una mirada temporal más amplia (no se queda en el fracaso de Napoleón en la conquista de Rusia, arranca desde 1807, la «tutela» de Napoleón al zar Alejandro I, y finaliza con la llegada de la coalición encabezada por Rusia a París en 1814), la utilización de fuentes rusas y una descripción del repliegue ruso a Moscú como estrategia intencional, de manera que el agotamiento de las fuerzas francesas y el impacto del invierno no debía leerse como un «azar de la guerra». Todo ello es cierto que lo contempla el libro, pero a cambio las descripciones de las batallas se hacen difíciles de seguir (mi referencia aquí es la increíble La Segunda Guerra Mundial, de Raymond Cartier), el entendimiento de la logística rusa resulta compleja y, sobre todo, si es posible que la mirada clásica sobre Napoléon y su invasión tienda a no considerar la perspectiva rusa, en este caso el libro acaba en el extremo opuesto: Rusia erigida en la salvadora de Europa y las derrotas rusas son un poco como las del Trampas (Trampas= Real Madrid, al que nunca le ganan, es él quien pierde, y cuando ocurre es por culpa de los árbitros o de Austria/Prusia, con el zar como una especie de Florentino infalible… y ya paro con el paralelismo futbolero). Siendo claramente un libro escrito desde una óptica pro-rusa, sí hay dos ideas fuertes que me llamaron la atención del marco general que construye de la relación Rusia-Europa (y que me hubieran hecho sospechoso de putinismo al autor si el libro no fuese de 2009… o también, que esta gente trabaja a largo). Por un lado, que estructuralmente una potencia europea periférica como Rusia (aquí el autor hace un paralelismo con RU) lo que más teme es una Europa unificada, o una Europa bajo una potencia hegemónica: Rusia no puede por definición aspirar a ser hegemónica en Europa, pero sí verse fuertemente amenazada por una Europa unificada, de manera que necesita una Europa desmembrada. Y relacionado con la anterior, Rusia vive como una amenaza existencial carecer de un estado tapón intermedio con Europa (sea Polonia entonces, sea Ucrania hoy). 

El buen mal, de Samanta Schweblin. Lectura a la que llegué vía recomendaciones de gente querida y reforzado por una entrevista que leí a la autora que me dejó totalmente dispuesto. Y, sin embargo, no. Los motivos son dos. Por un lado, no tengo ganas de mal rollo. Todos los cuentos trabajan desde la creación de una extrañeza incómoda, creadora de mal cuerpo, sin caer de manera explícita en la ansiedad y el miedo, pero dejándolo a flor de pie. Habrá a quién esa experiencia le guste, pero nunca fue mi caso, como nunca me gustaron las películas de «terror psicológico» y similares. El segundo motivo tiene que ver con que es un libro formalmente estupendo, tan formalmente estupendo, tan bien secuenciado en cada cuento, que parece una obra maestra de «taller de escritura», demasiado bien hecho como para ser seductor. 

Koljós, de Carrère. La lectura de principios de verano, magnífico libro. Habrás visto seguramente titulares hablando de lo buen libro que es: son ciertos. Lo ideal para meterte en él es no saber demasiado de entrada (así que no voy a destriparlo) y otorgarle una chispa de paciencia de arranque, pero valdrá la pena. También ayuda andar fuerte emocionalmente cuando sea lea.  

Redes vacías, de César Rendueles. Un ensayo ligero en extensión pero sustancioso en el análisis, no requiere más. La tesis del libro es que el pesimismo digital actual resulta el reverso del tecnoutopismo de décadas anteriores, otorgándole una omnipotencia fetichista en ambos casos a la tecnología que pierde la referencia del contexto, en el caso actual, cargado de pasiones tristes, en el anterior, de una mirada naif. El entendimiento de la tecnología, su impacto y la capacidad de intervención sobre ella queda en ambos oscurecido al otorgarle esa capacidad absoluta (es el caso que señala del «pánico moral» actual alrededor de móviles y digitalización de las aulas). Entre medias, quizás más explicativo que la propia tecnología (esto no afirmaría con seguridad si es la tesis del autor, pero sí mi lectura), la crisis absoluta del neoliberalismo. Como dice Rendueles: «ni siquiera los más cínicos fingen ya que la ortodoxia económica forma parte de un plan universalista que, pese a sus costes y efectos colaterales, ofrece un saldo beneficioso para el conjunto de la sociedad (…) El neoliberalismo (…) ha dejado de ser la perspectiva económica de las personas de orden (…) para convertirse en un síntoma de personalidades catastróficas dominadas por el resentimiento y una relación tóxica con la naturaleza y la sociedad». Que se habla mucho de la crisis de la izquierda, pero la promesa de la derecha a estas alturas es un aceleracionismo colapsista de todos contra todo. Cuatro consideraciones más. En primer lugar, el libro se lee bien, de un tirón, y hay algunas sucesiones descriptivas que me parecen maravillosamente tiradas (Musk: el infantilismo terminal de un tecnooligarca politoxicómano). En segundo, la confianza en las mediaciones, los espacios intermedios que permitan regular las prácticas digitales, construir deliberación frente a agregación de deseos e impulsar otros usos y formatos. El tercer aspecto es que me temo que no comparto a corto la confianza del autor en una crisis financiera alrededor de la IA: justamente porque opera al margen de su propia capacidad de entrega y lo hace en un contexto de pasiones tristes e impotencia política, la capacidad de la IA para reconfigurar las relaciones de trabajo va a ser tan poderosa que su efecto se impondrá a sus límites técnicos. Además, en la práctica sí observo en el entorno laboral que está generando una poderosa eficiencia en procesos, lo que avala aún más su capacidad reconfiguradora. Y por último, hay un ajuste de cuentas con el tecnoutopismo que me hace recordar que por esa época escribimos que un nuevo consumidor, el crossumer, al que llamábamos así porque cruzaba los límites opacos de las corporaciones gracias al entorno digital y a su conocimiento intuitivo del marketing, obligaría a las marcas a ser honestas y transparentes … y 20 años después el único que ha acabado transparente ha sido el propio consumidor. Y pese a eso, he logrado vivir como analista de tendencias sociales 🙂  


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